El Legado de Cain (crítica)
El tiempo congelado, la imagen ausente, el sonido monótono de palabras inentendibles. La presencia de un ser nulo, sin rostro ni pulso. Un cuerpo deformado en un cuarto despojado. Como martillo contra el yunke se transmite irreal el discurso constante. Es una de sus creaciones, alguien que aun no tiene nombre ni historia, quien sirve a sus propositos cuando tuerce a la audiencia y relata, traduce dando vida: “El siempre dice que es su discurso, sus palabras”. Este ser que ya murió - y si esta muerto nació - solo persiste en una idea enclavada en la mente de una mujer, la misma mujer de la que nace, de un personaje fruto de esa misma idea que el dió a luz en un torturado y doloroso parto, muere para nacer y se retroalimenta eternamente. “Soy mas grande que ese frances, soy mejor que ese marquez” declama y no habla de mejor amante, ni mejor persona. Es mejor contando, pervirtiendo y sobreviviendo. Y hablo de una mujer porque huelgan los nombres, al menos en esta visión y análisis. A lo largo de la obra hay una función única y fundamental. Por sobre todo, antes que ser su ama torturadora, esta mujer símbolo fue su biógrafa. Una espectadora privilegiada de la creación del genio. La memoria con dolor entra podría decirse parafraseando, y desde la ventana tan mentada quien domina es dominado, quien humilla es humillado porque solo contagiando el dolor puede explicarlo. Me corrijo, el dolor no se explica, se siente. La muerte lo encuentra y su obra no acaba, el discurso no se completa. Quizás sea este el motivo por el cual no trasciende con la contundencia que le haría justicia. Sade dijo todo lo que tenia para decir, y lo repite mecanicamente. Podrían faltar libros de Sade sin que esto dañara su discurso. Con Sacher-Masoch sucede lo contrario, conocemos a sus mujeres, pero nos falta su discurso. Ellas pueden matarlo porque ya estaba muerto, porque el discurso esta manco, el ambicioso proyecto de analizar las seis grandes temáticas queda inconcluso. El proceso de sacrificar su propia identidad construyendo un ser egoísta pleno de goce que se consume y se desangra en tinta es el motor de su obra. En sus contratos siempre reservó su tiempo para escribir, y uso su genialidad como moneda de cambio y extorsión, conocía donde residía su verdadero valor, quizás el único. Aurora relata la mentira, necesita un dentista que le extirpe el dolor para poder escribir y es en la trampa donde se descubre la verdad, necesita del dolor para poder crear. La obra va cerrando, el reloj en la pared se tiñe de sangre pero no avanza, nunca avanzó, es la construcción de una idea atemporal no por anacrónica sino por eterna. Matar al muerto, castigarlo, golpearlo y a su vez despedirlo amortajado en su disfraz. Fanny, Aurora y Hulda son las tres faces de una única luna, conforman la mujer que tiene como función reafirmar al masoquista en cada puño que lo golpea, el fetichista vestido en pieles, el pene erecto de su sexualidad. La mirada desafiante al publico al plantarle el pene, no lo pierdan de vista, esto es el fetiche, esto es la piel y el latigo y la fusta, esta es la denegación, lo que no se nombra. La pija que estas mujeres no tienen, la concha que si tienen y que a Masoch no le interesa. El goza por su falo en ausencia, la no pornografía de Sacher desplazada al fetiche. Y queda ahí, expuesto: sin rostro, con pieles, pija gorros, plástica muerte que solo sigue viva porque regresa su discurso. Somos nosotros espectadores del artista que persigue la vida eterna: se mata y se expone, se destripa en mente y alma, muerte y sexo como ejes, sexualidad y dolor como catalizadores para llegar al discurso de la verdad ultima. La obra empieza y termina con sus palabras, el monótono latido en la mente de esa mujer, de nosotros mismos que sentados en las butacas, firmamos un contrato, nos sometimos a sus juegos, fuimos humillados y golpeados expuestos con crueldad sobre el escenario, victimas de su inteligencia. El dolor no se explica, se siente. Y Leopold Von Sacher-Masoch lo supo primero y mejor que nadie, sentimos su dolor y le regalamos la inmortalidad, porque la alegría es necesariamente efímera y el dolor es inevitablemente eterno, como su obra.
El teatro El Brio hoy no tiene un espacio, no es. Fue ahí donde presencié esta magnifica obra y fue esta, en su momento, mi critica. Hoy pensando en un destino para esta revulsiva gente quise homenajearlos y recordar las emociones que me han regalado.
Kronos.


